Suárez
corre detrás de la pelota. Corre como quizás no corre en su club. El partido
con Inglaterra que está jugando él y diez tipos más, en minutos será una
anécdota, como también lo será el llanto que diez segundos después de rematar
al arco, cuando ya corriendo en pleno festejo de gol, deje caer tan
naturalmente como si se llorara por un familiar muerto, una novia que lo dejó o
un terremoto trágico que sacudió al pueblo del cual proviene las lágrimas que
lo invadirán hasta que termine el partido.
Claro,
no pasó nada de eso. Fue un gol en el minuto 43 del segundo tiempo y nada más,
y nada menos.
Breve
tiempo atrás cuando Independiente ascendía en la final que jugó contra Huracán
por el torneo de la B nacional argentina, en un bar, una señora salió quejosa,
y gritándole al mozo y a todos los que mirábamos el partido dijo:
-Tanto
lío por un partido-
Sí,
tanto lío.
El
mundial de fútbol hace maravillas en las personas. Miles de seres humanos que
despotrican contra la pelota o que serían incapaces de sentirse identificadas
con alguien que sufre un campeonato como un drama personal, comienzan a mirar
los partidos y a sufrir y a mezclar, sobre todo a mezclar todo con todo.
Amores,
odios, resentimientos, prejuicios.
Brasil,
año 2014, meses antes de la inauguración de la Copa del mundo, miles de
personas protestan por mejoras sociales. La respuesta del gobierno es que se ha
cambiado estructuralmente la vida de millones de personas, que naturalmente
ahora van por más. El pretexto de las personas es que habiendo carencias básicas
en salud, infraestructura, urbanización; el gasto millonario en la competición es
inadmisible.
Y
tienen razón. La FIFA solo puso 100 millones de dólares, Brasil más de 3000.
Una
decena de años atrás y un poco más, gobernaba el país Henrique Cardoso, el
equivalente a Carlos Menem de Brasil, un ejemplo de la teoría de la
dependencia. Con el cambio de aire en la región naturalmente le tocaría el
tiempo a este país que se sumaba a las experiencias
socialdemócratas de esta parte del mundo, con el gobierno de Lula Da Silva y
luego de la actual presidente, Dilma Roussef. En más de diez años la ecuación
económica cambiaría. Sexta potencia en materia económica, ingreso al G20, Brasil
se constituía así como un nuevo gigante de la economía junto a la India y
Rusia.
El
cambio social-económico va de la mano de una fuerte conciencia de recuperación
de un proyecto político conocido como “Patria Grande”. Ahí es a dónde vamos.
El
fútbol es un deporte y la política es la política. Aclarar esto parece una
cuestión lógica, pero hay que aclararlo.
Uruguay,
Costa Rica, Ecuador, Brasil, Chile, México, Honduras, Colombia, no intervienen
en el mundial desde la política, sino desde sus federaciones de fútbol. Del otro
lado, Inglaterra, España, Francia, Bélgica tampoco lo hacen sino desde sus
federaciones.
Las
federaciones son instituciones que no deben tener ninguna relación con la
política de los países. Esto está establecido por el reglamento de la FIFA y
rigen graves sanciones a las que incurrieren en tal falta.
Pero
fútbol, y política parecen indivisibles.
De
todo hay origines. Sin duda.
Mundial 1966, Inglaterra lo organiza. Argentina llega a cuartos de final invicto
habiendo salido primera en su grupo. Juega en Londres contra el local, el
mítico estadio de Wembley está repleto, no cabe un alma. La reina está en su
lugar como todos los miembros de la corona británica. Rattin, mediocampista de
Boca Juniors y de la selección argentina es un tipo rústico, alto, corpulento y
con fama de guapo en rodeo propio y ajeno. El partido es cerradísimo, el
resultado favorece a Inglaterra, y ahí interviene Rattin. Pega una patada, nada
grave para él. Todo excesivo para el árbitro. La tarjeta roja está en el aire.
Rattin esboza una protesta. No habla el idioma de los británicos, la
comunicación es imposible. Luego camina la cancha y sale por una de las
esquinas, al llegar al banderín de córner que tiene la bandera británica, lo
toma con una de sus manos y lo estruja. Más tarde completaría el acto sentándose
en la alfombra roja. Rattin convertía al partido y a la derrota en anécdota,
transcendía la barrera de lo deportivo, ganó una batalla contra el
imperialismo.
20
años después con la herida abierta por la guerra de Malvinas, otra vez en
cuartos de final Argentina e Inglaterra volverían a verse. Maradona, quizás el
mejor jugador de la historia del fútbol, hace un gol con la mano que vio todo
el estadio menos el árbitro, un rato después tomaría la pelota en la mitad de
la cancha y en una corrida que quedará grabada en la historia de este deporte
por años, gambeteando a cuatro jugadores ingleses, haría el gol más bello de
todos los mundiales que se han jugado.
Maradona
les había robado a los ladrones. Y se popularizaría el famoso, “el que no salta
es un inglés”
Volvamos
a este mundial.
Basta
repasar estados de Facebook, Twitter, para entender que este mundial se está
jugando no solo en lo futbolístico. A favor o en contra, lo político aparece.
Los costos del mundial, la represión a las protestas, el aumento a los
trabajadores del subte.
Dentro
de la cancha juegan sudamericanos contra europeos, poderosos contra débiles. ¿Débiles?
Uruguay
le ha ganado a Inglaterra 2-1. Los goles los hizo Suárez, jugador del Liverpool
inglés. Cavani, Muslera, Godín, entre otros brillan en equipos de los más
importantes de europa. Todos son millonarios.
Pero
algo es seguro, el llanto de Suárez es genuino. Ha ganado una batalla personal
contra quienes decían que no llegaba al mundial por sus problemas físicos.
Un
día antes Chile ha vencido a España. Algunos lo alientan, otros mezclan el
resentimiento por la posición de la dictadura que gobernaba ese país en el
conflicto Malvinas. Prevalece la posición progresista. Chile es alentado, con
el mismo pretexto. Pertenece a nuestro continente. Es asumido como débil,
aunque los contratos y los equipos a los que pertenecen sus jugadores digan
exactamente lo contrario.
Los
partidos los han ganado Uruguay y Chile. Pero esto, para la Patria Grande no
significa nada. Como tampoco caerá la monarquía por las eliminaciones inglesas
y españolas.
¿Tanto
por un partido?
Sí,
tanto, y más también.

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