viernes, 20 de junio de 2014

De mundiales, patrias y otras cosas.


Suárez corre detrás de la pelota. Corre como quizás no corre en su club. El partido con Inglaterra que está jugando él y diez tipos más, en minutos será una anécdota, como también lo será el llanto que diez segundos después de rematar al arco, cuando ya corriendo en pleno festejo de gol, deje caer tan naturalmente como si se llorara por un familiar muerto, una novia que lo dejó o un terremoto trágico que sacudió al pueblo del cual proviene las lágrimas que lo invadirán hasta que termine el partido.

Claro, no pasó nada de eso. Fue un gol en el minuto 43 del segundo tiempo y nada más, y nada menos.

Breve tiempo atrás cuando Independiente ascendía en la final que jugó contra Huracán por el torneo de la B nacional argentina, en un bar, una señora salió quejosa, y gritándole al mozo y a todos los que mirábamos el partido dijo:

-Tanto lío por un partido-

Sí, tanto lío.

El mundial de fútbol hace maravillas en las personas. Miles de seres humanos que despotrican contra la pelota o que serían incapaces de sentirse identificadas con alguien que sufre un campeonato como un drama personal, comienzan a mirar los partidos y a sufrir y a mezclar, sobre todo a mezclar todo con todo.

Amores, odios, resentimientos, prejuicios.

Brasil, año 2014, meses antes de la inauguración de la Copa del mundo, miles de personas protestan por mejoras sociales. La respuesta del gobierno es que se ha cambiado estructuralmente la vida de millones de personas, que naturalmente ahora van por más. El pretexto de las personas es que habiendo carencias básicas en salud, infraestructura, urbanización; el gasto millonario en la competición es inadmisible.

Y tienen razón. La FIFA solo puso 100 millones de dólares, Brasil más de 3000.

Una decena de años atrás y un poco más, gobernaba el país Henrique Cardoso, el equivalente a Carlos Menem de Brasil, un ejemplo de la teoría de la dependencia. Con el cambio de aire en la región naturalmente le tocaría el tiempo a este país  que se sumaba a las experiencias socialdemócratas de esta parte del mundo, con el gobierno de Lula Da Silva y luego de la actual presidente, Dilma Roussef. En más de diez años la ecuación económica cambiaría. Sexta potencia en materia económica, ingreso al G20, Brasil se constituía así como un nuevo gigante de la economía junto a la India y Rusia.

El cambio social-económico va de la mano de una fuerte conciencia de recuperación de un proyecto político conocido como “Patria Grande”. Ahí es a dónde vamos.


El fútbol es un deporte y la política es la política. Aclarar esto parece una cuestión lógica, pero hay que aclararlo.

Uruguay, Costa Rica, Ecuador, Brasil, Chile, México, Honduras, Colombia, no intervienen en el mundial desde la política, sino desde sus federaciones de fútbol. Del otro lado, Inglaterra, España, Francia, Bélgica tampoco lo hacen sino desde sus federaciones.

Las federaciones son instituciones que no deben tener ninguna relación con la política de los países. Esto está establecido por el reglamento de la FIFA y rigen graves sanciones a las que incurrieren en tal falta.

Pero fútbol, y política parecen indivisibles.

De todo hay origines. Sin duda.

Mundial 1966, Inglaterra lo organiza. Argentina llega a cuartos de final invicto habiendo salido primera en su grupo. Juega en Londres contra el local, el mítico estadio de Wembley está repleto, no cabe un alma. La reina está en su lugar como todos los miembros de la corona británica. Rattin, mediocampista de Boca Juniors y de la selección argentina es un tipo rústico, alto, corpulento y con fama de guapo en rodeo propio y ajeno. El partido es cerradísimo, el resultado favorece a Inglaterra, y ahí interviene Rattin. Pega una patada, nada grave para él. Todo excesivo para el árbitro. La tarjeta roja está en el aire. Rattin esboza una protesta. No habla el idioma de los británicos, la comunicación es imposible. Luego camina la cancha y sale por una de las esquinas, al llegar al banderín de córner que tiene la bandera británica, lo toma con una de sus manos y lo estruja. Más tarde completaría el acto sentándose en la alfombra roja. Rattin convertía al partido y a la derrota en anécdota, transcendía la barrera de lo deportivo, ganó una batalla contra el imperialismo.

20 años después con la herida abierta por la guerra de Malvinas, otra vez en cuartos de final Argentina e Inglaterra volverían a verse. Maradona, quizás el mejor jugador de la historia del fútbol, hace un gol con la mano que vio todo el estadio menos el árbitro, un rato después tomaría la pelota en la mitad de la cancha y en una corrida que quedará grabada en la historia de este deporte por años, gambeteando a cuatro jugadores ingleses, haría el gol más bello de todos los  mundiales que se han jugado.

Maradona les había robado a los ladrones. Y se popularizaría el famoso, “el que no salta es un inglés”

Volvamos a este mundial.

Basta repasar estados de Facebook, Twitter, para entender que este mundial se está jugando no solo en lo futbolístico. A favor o en contra, lo político aparece. Los costos del mundial, la represión a las protestas, el aumento a los trabajadores del subte.

Dentro de la cancha juegan sudamericanos contra europeos, poderosos contra débiles. ¿Débiles?

Uruguay le ha ganado a Inglaterra 2-1. Los goles los hizo Suárez, jugador del Liverpool inglés. Cavani, Muslera, Godín, entre otros brillan en equipos de los más importantes de europa. Todos son millonarios.

Pero algo es seguro, el llanto de Suárez es genuino. Ha ganado una batalla personal contra quienes decían que no llegaba al mundial por sus problemas físicos.

Un día antes Chile ha vencido a España. Algunos lo alientan, otros mezclan el resentimiento por la posición de la dictadura que gobernaba ese país en el conflicto Malvinas. Prevalece la posición progresista. Chile es alentado, con el mismo pretexto. Pertenece a nuestro continente. Es asumido como débil, aunque los contratos y los equipos a los que pertenecen sus jugadores digan exactamente lo contrario.

Los partidos los han ganado Uruguay y Chile. Pero esto, para la Patria Grande no significa nada. Como tampoco caerá la monarquía por las eliminaciones inglesas y españolas.

¿Tanto por un partido?

Sí, tanto, y más también.




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